sábado, 9 de enero de 2016

Heródoto Libro IV.

Heródoto, en su libro IV, Melpómene, habla, entre otros muchos pueblos que ocupaban la zona de asia,  al norte del Mar Negro, del pueblo de los arimaspos que los referencia a través de los escitas y que éstos a su vez los referencian a través de los isidones. Pues bien, son descritos los arimaspos como hombres de un solo ojo. De hecho en el idioma escita arima significa «uno» y spu«ojo». En la aclaración de Carlos Schrader: 'Según Eustacio, Ad Dion. 31, ari significa «uno», y. maspos «ojo». Pero al parecer la interpretación es poco firme y de ahí que se hayan propuesto otras. A partir del iranio aspa, «caballo», y arima «salvaje», por lo que los arimaspos serían «el pueblo de los caballos salvajes»; o a partir del iranio aryama, «el que ama», y aspa, siendo entonces «el pueblo que ama los caballos».'


lunes, 12 de octubre de 2015

La areté

Cuenta Heródoto en su libro VII un episodio en el enfrentamiento de los persas contra los griegos justo después de la batalla de las Termópilas.

Mardonio, hijo de Gobrías, uno de los generales en jefe del ejército persa del rey Jerjes había sido defensor de la idea de invadir la Hélade, frente a otro detractor de la empresa, Artábano, cuyo hijo Tritantecmes, a la sazón otro de los generales al frente del contingente persa, compartía la opinión de su padre que pensaba en lo innecesario de aquella empresa y en las grandes dificultades que entrañaba.

Artábano, al igual que su hijo, fue sabio consejero del rey Jerjes. Ya lo fue de su padre Darío quien inició el plan de invadir Grecia. Plan que continuó su hijo Jerjes tras la muerte de aquél.

Después de la batalla de las Termópilas en la que el ejército griego combatió heroicamente, pero perdió con claridad, los persas siguieron camino hacia el Peloponeso cuando un grupo de arcadios se ofreció al rey persa para combatir a su lado, pues buscaban alguna remuneración. No obstante, la gran mayoría de los arcadios combatía contra el persa. 

El rey preguntó a los mercenarios, qué hacían los griegos, en referencia a los juegos olímpicos (*) que se desarrollaban por esas fechas. Jerjes se intrigó por el premio que recibían los vencedores en los juegos. Estos respondieron, ante la sorpresa del rey, que su premio era una corona del laurel, tras lo cual Tritantecmes, delante del rey y de todos, no pudo guardar silencio y dejando entrever cierto desasosiego por el enemigo al que se enfrentaban agregó, aludiendo a Mardonio:

"¡Ay Mardonio, contra qué clase de gente nos has traído a combatir! ¡No compiten por dinero, sino por amor propio (**)!"





(*) Los juegos consistían en una serie de pruebas atléticas de velocidad, de medio fondo y fondo, pruebas de pentatlon, de lucha, pugilato y pancracio y las carreras de carros que despertaban mayor interés. Había también las ceremonias y sacrificios de inauguración de los juegos. 


(**) Según Carlos Schrader, literalmente "por areté" La anécdota es típicamente griega, al exaltar la areté, frente al dinero, un tema típico de la cultura aristocrática arcaica

jueves, 23 de abril de 2015

Heródoto, Libro III. Una ética griega.

Heródoto, en su libro III habla de Periandro, hijo y sucesor de Cípselo, tirano de Corinto que por "error", "descuido" o váyase a saber, mató a su mujer, Melisa, quedando este profundamente afectado. 

Tenía dos hijos, el mayor que era un poco lerdo, según se cuenta, y el menor, Licofrón, más espabilado, a los cuales llevó Periandro a los dominios de su suegro Procles, en Epidauro, quien les contó, como de forma anecdótica a sus nietos, la muerte de su madre. A la vuelta de su viaje, Licofrón que desconocía ese hecho, afectado por la muerte de su madre a manos de su padre se negó a hablar con este y con el tiempo acabó confesándole las razones de la conducta que mantenía hacia él. 

A pesar de que Periandro trató de justificarse, Licofrón no depuso su actitud y aquel lo expulsó a la isla de Corcira donde permaneció hasta que su padre, ya viejo, quiso hacer que regresara para hacerle sucesor suyo ya que no veía aptitudes en su otro hijo mayor para llevar las riendas del gobierno. 

A todo esto, Periandro se apoderó de Epidauro en represalia porque, a su juicio, Procles había sido el responsable de aquella situación.
Licofrón se negó a tomar el poder y finalmente Periandro envió como mensajera a su hija, quien tiempo atrás debió de haberse encargado del cuidado de Licofrón en ausencia de su madre y ésta intentó persuadirle aleccionada por su padre. Así dicen que le habló la hermana:


¡Vuelve a palacio! ¡Deja de perjudicarte a ti mismo! La obstinación es algo contraproducente; no trates de remediar el mal con el mal (Proverbio éste que encontramos también en Esquilo)
Muchos, a la estricta justicia, anteponen la equidad más moderada (La hermana de Licofrón distingue entre el derecho estricto, díkaion, y la equidad, epieíkeia, distinción que se formularía en el aforismo, summum ius summa iniuria), aforismo que aparecerá en la obra de Cicerón De officis. 

"A mayor justicia, mayor daño" o "suma justicia, suma injusticia",
 en el sentido de que la aplicación de la ley al pie de la letra a veces puede convertirse en la mayor forma de injusticia - fuente de Wikipedia.
(y aprueba la actitud de los que, como su padre, no anteponen un legalismo estricto a la epieíkeia, esto es, a la <<interpretación moderada y prudente de la ley según las circunstancias de tiempo, lugar y persona>>, ya que, como causante de un asesinato involuntario, Periandro podía apelar a circunstancias atenuantes. Sobre la distinción entre díkaion y epieíkeia, Aristóteles, Ética a Nicómaco V 14, 1137b; Retórica I 13, 1374 b 27.)

(Periandro, según fuentes peripatéticas, formaba parte de los <<siete sabios>>, personajes más o menos legendarios que vivieron en los siglos VII y VI a.c. y que rindieron notables servicios a las comunidades griegas como jueces, legisladores, etc. Lo cual hizo que, con sus máximas, perduraran en el recuerdo incluso en los casos - como el de Periandro - en que fue dudoso el valor moral de sus actos. Periandro fue víctima del juicio condenatorio sobre los tiranos y, según Diógenes Laercio, I 30, ese fue el motivo de que Platón (Protágoras 343 a) no lo incluyera entre los <<siete sabios>>.

La letra cursiva corresponde al texto del libro de la colección Gredos y el texto entre paréntesis está sacado de los comentarios explicativos del traductor Carlos Schrader.

Más adelante Schrader hace un interesante comentario:

Periandro, hijo de Cípselo, rey de Corinto, sucedió a su padre por derechos de nacimiento, y su crueldad y violencia convirtieron la realeza en tiranía...Impidió a los ciudadanos comprar esclavos... imaginando sin cesar trabajos para ellos.
Quien permanecía sentado en el Ágora era castigado, pues temía que se conspirara contra él.

jueves, 13 de noviembre de 2014

La hýbris y la entrevista con Solón

Después de meses sin publicar en este blog y sin intención de abandonarlo, continúo esta serie de clásicos con el tema del que hablé en la última entrada.


Solón, considerado uno de los siete sabios de Grecia se entrevista con Creso en el viaje de aquel a Lidia y aunque parece que el encuentro nunca tuvo lugar, pues por lo visto Solón ya no existía cuando Creso apenas había nacido, Heródoto lo cuenta y nos habla de un concepto que estará presente en toda su obra; la hybris, la desmesura. Quizá también la hybris tenga algo que ver con el remordimiento.  


Solón y Creso (1624) Gerard van Honthorst


La desmesura conduce al hombre a la tragedia. Nadie puede vivir en permanente suerte de gracias. Algo así se pensaba entonces, aunque hoy creamos que haya personas que nacen con estrella. Y Creso, un rey afortunado, indemne en batallas como lo fue también su contemporáneo Polícrates, el tirano de Samos, se entrevista con Solón y aquel le interroga para que le cuente quién, a su juicio, es el mejor de todos los hombres,  el más afortunado, lo que se podría llamar un hombre de pro y esperando a que éste respondiera que el mismo Creso, Solón no le cuenta a él entre los mejores y se inclina para tan estimado honor sobre griegos que culminaron proezas, terminadas en tragedias heróicas como narraban los poetas, lo cual apesadumbró al rey. 
Una serie de desgracias encadenadas se sucedieron hasta sus últimos días.

Creso tenía dos hijos y uno de ellos, Atis, sobresalía entre todos los demás chicos de su edad. Tuvo un terrible sueño donde se manifestó la muerte de su más valioso hijo y le auguraba su muerte a causa de una flecha.

Prohibió a su hijo viajar a ninguna de las expediciones guerreras ni monterías y prácticamente lo tenía enclaustrado.

A esto, llegó un exiliado de otro pueblo pidiendo asilo, un tal Adrasto hijo de Gordias, nieto de Midas, que por error había dado muerte a su propio hermano y pedía ser purificado en esas tierras de Lidia. Creso le concedió asilo y purificación.

Y en una desgraciada montería a la que Atis suplicó a su padre el poder asistir encontró aquel la muerte por error, nada menos que a manos de Adrasto, el joven exiliado, cumpliéndose así el sueño de Creso.

Este fatídico final pone de manifiesto para las gentes de entonces que la hybris finalmente se cobra su "justo" castigo.

Orestes perseguido por las Furias, de William-Adolphe Bouguereau. 


Más adelante Creso pone a prueba los oráculos para encontrar una respuesta satisfactoria que le de ánimos para enfrentarse contra los persas, imperio por aquel entonces emergente, ya que se había unido a la vez al poderoso imperio de los medos acabando ambos definitivamente con el gran imperio Babilónico.

Sus preguntas a los oráculos no debieron encontrar buen apoyo.
Creso estaba muy crecido y desconocía seguramente el alcance que tenía el imperio persa así que se aventuró al enfrentamiento y condujo a su ejército a la Capadocia (paisaje de roca volcánica donde tuvo lugar el rodaje de La guerra de las galaxias) para enfrentarse a los persas en una indecisa batalla en Pteria donde parece que ningún ejército se alzó con la victoria (Por cierto que en dicha batalla, en el avance de las tropas lidias hacia Capadocia, Heródoto menciona que Tales de Mileto ideó una estratagema en favor de los lidios para acortar el recorrido hacia la Capadocia a lo largo del río Halis, nada menos que desviando el curso del río creando así un atajo)

Tras la batalla, Creso vuelve a Sardes y finalmente Ciro asedia la ciudad haciendo prisionero a Creso.

Creso, condenado a muerte por el rey persa es subido a la pira para ser quemado vivo cuando aquel, vista su desgracia, recuerda las palabras de Solón sobre que nadie, por afortunado que sea está libre de la desgracia, y en ese momento pronuncia el nombre de Solón implorando por su desdicha y es entonces cuando el rey Ciro se interesa por sus murmuraciones y hace apagar el fuego de la pira a tiempo para interrogarle por esas palabras de lamento que no podía escuchar bien. Creso, entre sollozos le habla de los sabios consejos de Solón en cuanto a la hybris y le hace ver al gran Ciro que da igual la cantidad de riquezas que se puedan tener en una vida si al final uno acaba muriendo como todos. En definitiva, las riquezas lo mismo que llegan se van. El rey Ciro se compadece de él y se mira a sí mismo para comprender que su final bien pudiera ser el mismo que el de Creso y le salva la vida otorgándole el privilegio de ser en lo sucesivo su consejero.


viernes, 14 de febrero de 2014

Heródoto. Libro I. La osadía de Candáules.

El rey Creso es quinto descendiente en la dinastía Mermnada que reinó en Lidia y cuyo primer exponente fue Giges, un cortesano amigo del rey Candaules de la dinastía Heráclida.  ¿Cómo un cortesano pudo llegar a reinar e imponer su propia dinastía hereditaria?

La conocida historia del rey Candaules, de los Heráclidas, por la que quizá podríamos considerarlo precursor del vuoyerismo (o al menos parece que es la primera mención histórica de algo parecido) cuando insta a su cortesano amigo para comprobar in situ  la belleza al desnudo de su esposa, la reina.

Y cuenta Heródoto que el rey Candaules pidió a Giges que observara escondido a su mujer mientras esta se desvestía en la alcoba en compañía de Candaules, de forma que aquel se ocultó con la intención de no ser visto por la reina para observar su inigualable belleza. 

La reina descubrió al mirón, se hizo la longui y con perversas intenciones llamó al cortesano para pedirle explicaciones. Así que éste confesó el fondo de la cuestión que a la postre significaba su sacrificio. No obstante, la reina se sintió dolida en su pudor y orgullo de cara a su pervertido marido y le propuso a Giges una posible salida airosa asesinando a su marido para que Giges ocupara su lugar consumando así su venganza hacia Candaules.

Giges, a pesar de ser amigo del rey, prefirió ser ejecutor a victima y acabó con su rey ocupando el trono de Lidia. Comenzaba así  el primer reinado de la dinastía Mermnada.

Parece que era costumbre entender en aquella época que los pecados, en este caso el de Giges, tuvieran su justo castigo por los dioses y éste castigo tomaba efecto en la quinta generación (*) posterior coincidiendo precisamente con el reinado del rey Creso cuyo final relata Heródoto que no cree demasiado en las explicaciones mitológicas para justificar los hechos de la historia, aunque sí cuenta con ellas en algunos casos para intentar comprender el equilibrio al que parece que tiende todo de manera que, una acción desmesurada, puede compensarse con su contraria y establecer así ese equilibrio.

Creso sufre las consecuencias del pecado de Giges por haber vulnerado el equilibrio que debe tener un hombre para estar en paz con los dioses y, como su contemporáneo Polícrates de Samos, no podía vivir en permanente suerte de gracias, afortunado en todo e indemne en batallas, la desmesura (hybris) le llevó a pagar aquella osadía generacional como veremos en la siguiente entrada.








(*) El interesante libro del padre Juan Chapa, "Historia de los hombres y acciones de Dios" explica la historia de la salvación desde un punto de vista pedagógico de Dios hacia los hombres y hay un paso de personalización en el pecado que recae sobre la persona que lo comete y no sobre las generaciones sucesivas (hasta la quinta generación) como se entendía en épocas anteriores.


sábado, 18 de enero de 2014

Heródoto de Halicarnaso

La obra de Heródoto de Halicarnaso es la primera obra extensa escrita en prosa en lenguaje jonio.
Los escritos de Heródoto se van a centrar en historia de Grecia, Asia y Egipto hasta desembocar finalmente en las guerras médicas de los persas (medos) contra los griegos.

Heródoto pretende contar la realidad de lo que ve (lógoi) apartándose un poco del mito, desconfiando de él, para justificar los hechos acaecidos, achacando a la conducta de los hombres las consecuencias que se derivan de sus actos.

Etnógrafo, geografo e historiador o más propiamente logógrafo que sería el que va contando sucesos de alguna relevancia, aunque tal como apunta Rodríguez Adrados en su prólogo, vista su obra en conjunto hay una clara conducción que lleva a unificarla hasta la culminación de las guerras médicas y son las guerras médicas el centro argumental de la obra herodotea, lo que podríamos llamar la guerra mundial de aquel entonces, donde se enfrentaban los dos grandes poderes del mundo antiguo, griegos y persas. Donde también hay dos claras concepciones para entender el gobierno de los pueblos, que son la tiranía del imperialismo persa y la democracia ateniense promovida en sus inicios por Clístenes.

Y comienza su obra hablando del imperio Lidio y las guerras mantenidas con los griegos de la costa de la península de Anatolia. Estamos en el siglo VI a.c ... 


Grecia y Asia meno





miércoles, 1 de enero de 2014

Los Clásicos de Grecia y Roma.




Empiezo este blog con la intención de ir publicando periódicamente mis lecturas sobre la colección de Clásicos griegos y latinos de la editorial Gredos. 

Se trata de plasmar una visión particular y aficionada al mundo de los clásicos desde la épica en adelante a través de esta ambiciosa y fantástica colección realizada por los más insignes helenistas españoles. 

No tengo intención de hacer un resumen pormenorizado de la obra sino más bien resaltar algunos aspectos con apuntes o notas que he ido haciendo a medida que iba leyendo y según me ha parecido. Por tanto, seguramente me dejaré en el tintero muchas cosas de gran interés. 

Son tan solo "impresiones de un hombre de buena fe" y, por supuesto, a la luz de los fundamentales y aclaratorios comentarios de los traductores.

No realicé en su día apuntes sobre los primeros autores como son Homero, Hesiodo, los grandes poetas Esquilo, Sófocles, Eurípides y los poetas arcaicos junto con Píndaro y Baquílides así que no publicaré, de momento, nada sobre ellos, quizá en un futuro, ya que son autores interesantísimos a los que, además, son referenciados por autores posteriores.

Hay que agradecer a los profesores y catedráticos que han hecho posible ésta obra de auténtico lujo de ciento cincuenta volúmenes, su puesta en circulación a un precio más que asequible y que posibilita la lectura y estudio ameno de los grandes clásicos para todos los públicos. 
Desarrollada con la intención de hacer un compendio básico y alcanzar a tener una idea aceptable del mundo antiguo, resumido y explicado magistralmente para personas especializadas y no especializadas que tengan interés y un acceso relativamente fácil a la cultura clásica. Entre otros autores que han participado, hay que destacar: 

Emilio Crespo.
Carlos Schrader.
Francisco Javier Gómez Espelosín.
Miguel Candel.